Cuentos de Afanti II


El protagonista de hoy de mi blog es alguien a quien tenía abandonado desde hace tiempo…. Afanti y sus cuentos…¿lo recuerdas? ….. El inteligente Afanti, que con su particular manera de ver las cosas, nos deja grandes enseñanzas.

Su acciones para algunos lógicas y para otros sin sentido hace pasar un rato divertido… quien ha leido algo de sus aventuras, lo sabe bien….

¿Y sabes por qué he decidido volver a hablar de Afantí? porque un lector, ha encontrado para mí una de sus historias…. y me la enviado…. así que es un buen momento para recuperar sus historias…. en agradecimiento al lector que se ha tomado la molestia de buscarla y escribirla en un comentario….. Gracias….

Aqui va la historia:

afanti2El más glotón
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Un rico personaje, amigo del emperador, siempre intentaba burlarse del sabio e ingenioso Afanti. Un día hizo traer desde la ciudad de Hami una gran cantidad de exquisitos melones, dulces como la miel. Y organizó un banquete con varios invitados importantes, entre los que incluyó a Afanti, haciéndolo sentar a su lado.

El dueño de casa servía a los presentes y amenizaba la charla con gran entusiasmo, proponiendo temas de discusión interesantes para mantenerlos distraídos mientras, con gran disimulo, iba colocando las cáscaras de su melón cerca de Afanti.

Cuando terminaron el último melón, este hombre presuntuoso quiso completar su broma a Afanti, quien más de una vez lo había hecho quedar en ridículo con sus observaciones, tan atinadas como irónicas.

-Miren, amigos, la cantidad de cáscaras de melón que consiguió Afanti: ¡toda una colección! Para ser un sabio, sí que tiene buen apetito, comió el doble que todos nosotros. ¡Propongo nombrarlo de ahora en adelante el Gran Sabio Tragón!

Todos los presentes lanzaron una carcajada a costa de Afanti, que los miró y se sonrió con toda tranquilidad.

-Es cierto -dijo Afanti, compartiendo con una sonrisa el buen humor general-. Yo comí melón, pero dejé de lado las cáscaras. En cambio, observen el lugar donde se sienta el dueño de casa. Lo hemos visto comer igual que todos nosotros y sin embargo no tiene cerca de él ni una sola cáscara. No cualquiera se come un melón con cáscara y todo. ¡Eso sí que es ser el Emperador de los glotones!

Por algo es tan conocido el la literatura oriental…..

Gracias de nuevo….

https://www.facebook.com/pages/El-rinc%C3%B3n-de-Mayriel/298212513538099

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3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Miguel
    Feb 25, 2014 @ 13:44:52

    Aqui dejo otro cuento, un poco largo, sorry, pero muy buena moraleja..

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    Afanti, vivía en un pequeño pueblo, recostado en las cercanías de unos montes, donde los pinares y árboles frutales silvestres formaban tupidos bosques. En las noches de suaves brisas, estas traían a la población, el perfume característico de esas plantas. Este pueblo tenia la particularidad de encontrarse en un antiguo cruce de caminos y estaba construido al margen de un río, de donde se proveía de agua a la población, eran gélidas aguas provenientes de los deshielos, y de algunos manantiales montaña arriba, siempre limpia, clara y transparente.

    Por uno de los caminos, los viajeros se encaminaban hacia el norte del país y por el otro se podía llegar, siguiendo los senderos de los montes, hasta las mismas orillas del mar Caspio.

    Afanti, para ganarse malamente la vida, se dedicaba a la venta de quesos, yogurt y demás, no tenía profesión ni oficio alguno, así que se conformaba con lo que el destino le había proveído.

    Mientras el se encontraba en su puesto de venta, en el pequeño comercio, desde la mañana bien temprano, sus dos esposas, una anciana casi de su misma edad y la otra mucho más joven, se dedicaban a preparar para el próximo día lo que se debía de vender.

    Afanti, tenia un lugar ya en forma permanente en el Zoco (mercado) del pueblo, se lo habían cedido casi gratis y como de lastima, estaba situado fuera del centro del Mercado, muy en la periferia, y prácticamente al lado de los orinales, cuyo penetrante olor, al cabo de las jornadas, y mucho mas en las de intenso calor, llegaba continuamente hasta su puesto, pero, estaba obligado a aguantarlo estoicamente. No había tenido los dinares suficientes para conseguir una tienda más cerca del centro, o en un lugar un poco más conveniente.

    Quienes se atrevían a pasar por allí, lo hacían únicamente por una necesidad urgente y siempre arrugando las narices, además de dirigir a Afanti, miradas de desprecio. Esa circunstancia hacia que su tenderete, fuera uno de los menos frecuentados de toda la comarca, pero en fin, el se consolaba levantando los ojos y los brazos al cielo, diciendo.

    – Así es la vida de los pobres, lo mejor es conformarse con el Kismet que Nuestro Altísimo, Alabado sea su Nombre, nos adjudico a cada uno, en su Vasta Sabiduría.

    Pero, poco a poco y con una economía restringida a los gastos cotidianos de lo mas mínimo, logro que su posición económica fuera de alguna manera segura, fueran vientos, lluvias o granizo, él, se dirigía siempre montado en su fiel pollino, bien cargado, al Zoco, saludaba a todos sus amigos y conocidos, abría su insignificante tienda y esperaba pacientemente a los compradores, lo que vendía en realidad no era una mercadería imperecedera ni tampoco valiosa, como ser telas bordadas y calzado traídos desde la India o la Capital de Persia, por las largas caravanas que deambulaban por los desiertos, ni dulces, ni tampoco papel de cartas ni plumas ni tintas de la China, ni adornos para las amas de casa, ni camisas ni chilabas para los hombres, ni tampoco vendía, alhajas ni collares ni anillos de gran valor, tampoco juguetes para alegría de los niños, ni instrumentos musicales.

    No, el se dedicaba a vender, quesos, yogurt y también yogurt diluido con agua fresca, el conocido ayran, inmerso en las tinajas que tenia para tal fin, enfriado en los meses del estío, con las nieves de las cumbres, o el hielo que se formaba, desde donde comenzaba el río, que su amigo el Tuerto, cotidianamente le traía bien temprano, a cambio de unos pocos dirhems, de las altas cumbres de los montes Elbruz. El yogurt, durante el día lo preparaban, mientras el se encontraba en el tenderete, vendiendo lo poco que tenía para ofrecer, sus abnegadas y sumisas esposas, la mayor de las dos, era quien llevaba el peso del trabajo, pues la mas joven dormía hasta casi el mediodía, recién se levantaba bostezando, cuando su esposo volvía del Zoco, para atenderlo.

    Sus hijos, los mayores, eran dos obedientes y activos jóvenes, estos eran Omar y Shariah y ya incursionaban como” chracks”(aprendices) en los oficios en que su diligente padre los había colocado en los talleres de sus amigos. Poca era la paga que recibían, pero era inmenso el conocimiento que adquirirían, en el futuro si perseveraban y se ganaban el nombre de Maestro cada uno de ellos en sus oficios.

    En uno de esos días de tremendo calor, en que el céfiro traía desde el desierto su candente, sofocante y tórrido soplo, un viandante que se había acercado a los excusados, y después de terminar sus necesidades, y a pesar de que arrugaba constantemente la nariz por el intenso olor predominante, trataba de mitigarlo, situando un pañuelo perfumado en su cara, vio la tienda de Afanti. Antes de proseguir su camino, por curiosidad, se acerco, preguntado si además de yogurt y ayran fresco, vendía también “yayik”.

    Es decir, el alimento elaborado en base de yogurt diluido, mezclado con algo de ajos y pepinillos bien cortados, con hierba buena seca triturada, que le daba el intenso sabor, inmerso en las tinajas donde se podría tomar frío, con el agua diluida de las nieves de las altas cumbres.

    Afanti, asombrado y perplejo, le dijo que no, que no tenia ni que había pensado nunca que interesara a sus compradores, el Yayik, pues, cada uno lo ordenaba preparar en sus casas, a sus esposas, madres o hermanas, pero el marchante, hombre de experiencia y de muchos caminos y senderos en sus espaldas, le convenció de que la mezcla de los ajos y el pepinillo, con el ayran, bien enfriado, eran muy convenientes para disipar el calor, además de ser un alimento agradable al paladar, y si se encontraba en las tinajas al frío de las aguas de las nieves, o el hielo de los ríos de montaña, era mucho mejor y mas liviano para los estómagos castigados de los viajantes, que debían de comer en cualquier sitio, y esto era lo mejor, sin tener que recurrir a las comidas grasas ni a las carnes, ni tan livianas como comer únicamente vegetales y frutos, que pasada una hora, otra vez el hambre tocaba música en sus vientres.

    Así que el buen hombre, lo persuadió en forma perspicaz e inteligente, que para la próxima semana, a su vuelta al Zoco, le ordenara preparar a sus esposas ese alimento, que el se encargaría, después de haberlo probado y constatada su calidad, de hacer correr la voz para que todos los comerciantes, marchantes, buhoneros, mercachifles y mendigos profesionales e indigentes del Zoco, le compraran, inclusive lo podrían transportar hasta sus casas, si es que estaba bien preparado, para ahorrarle a sus esposas el tener que molestarse.

    Pero, seria mejor para el, que transportara el alimento, en las tinajas hasta el centro del Zoco, pues la venta seria mucho mejor, que allí en su tenderete, total, lo podría hacer montado en el burro, vendiéndolo directamente desde la tinajas que como alforjas llevaría hasta las mismas casas o tiendas de los comerciantes, si se lo requirieran. Se despidió con una sonrisa de Afanti, y luego de una ligera genuflexión, le deseo augurios de felicidad para el y buena salud, a sus esposas, quienes seguramente prepararían el yayik.

    Afanti, adivinó inmediatamente el pensamiento del comerciante, movió la cabeza, pensando e intuyendo que a pesar de que sus quesos, el yogurt, el ayran o el mismísimo yayik, fuera todo lo bueno y del mejor sabor que sus diligentes esposas lo supieran preparar, muy pocos se atreverían a llegarse hasta el lado de los lavabos para compararle. Vio una razón muy valedera en el consejo del mercante. Así, al cabo de la jornada, llego el momento de cerrar su tenderete, lo cubrió, como todos los días, con una gastada, vieja y descolorida tela y se oriento, montado y pensativo, en su fiel pollino, hacia su casa.

    Ensimismado y cavilando, sobre las palabras y el sabio consejo vertido por el marchante, dejo las riendas sueltas para que el burro, se dirigiera solo, a su vivienda, que estaba situada, del otro lado del río, apenas cruzando el antiguo puente, construido desde los antiguos tiempos de los Román.

    Apenas abrió la desvencijada puerta de su casa, llamo a sus esposas.

    ¡! Mujeres!! ¡! Esposas mías!! ¡! Acudid!! ¡! Venid!! ¡! Rápido!! Tengo una noticia para ustedes. Parece que la suerte esta flotando sobre nosotros y ha golpeado nuestra puerta.

    Las dos esposas, asombradas, dejaron de lado sus quehaceres, en los semiderruidos cobertizos, detrás de la morada, donde elaboraban los quesos y el yogurt y limpiándose las manos en sus delantales, y con cierto temor, se acercaron sumisas a la presencia de su marido.

    Si, esposo nuestro, dueño mío, dijo la mayor de las dos, hombre de nuestro corazón, alma nuestra, padre de nuestros amados hijos, dinos, te suplicamos, exprésanos, que es lo que te sucede que te encuentras tan excitado y alterado. ¡¿Acaso ha muerto alguien!?

    Alzando en brazos al más pequeño de sus hijos, que apenas su estatura se levantaba un palmo del suelo, Afanti, en silencio, se sentó, cruzando las piernas, arrellanándose en el almohadón y en el rincón favorito de la casa. Se meció las barbas y antes de pronunciar palabra alguna, dirigió su mirada a las mujeres que temerosas y obedientes, permanecían de pie ante él, aguardando su respuesta.

    Bien, esposas mías, queridas de mi alma y mi corazón, luces de mis ojos, tiernas madres de mis hijos, no temáis, nadie ha muerto, por lo contrario, parece que la suerte planea sobre nuestra morada, deberéis de hacer algo que únicamente por ahora, lo hemos consumido en nuestro hogar, pero ahora lo haréis, en una cantidad como para que lo pueda vender en el Mercado y ese alimento tan simple y que lo sabéis preparar mejor que nadie, es el yayik.

    – A ver, pensemos queridas esposas mías, amadas de mi corazón, madres de mis hijos. ¿De todo lo que hacéis? ¿Qué es lo que menos se vende? ¿Qué es lo que siempre sobra? ¿Será acaso el queso? ¿El yogurt? ¿El ayran? A ver, cavilemos ¿Cual de los comestibles que vosotras diligentemente elaboráis, es lo que menos se vende en el Mercado? y eso precisamente es lo que dejaremos de hacer, para reemplazarlo por el yayik…¿Qué os parece? ¿Esta buena la idea? ¿Lo podremos hacer así?.

    – Quiero una respuesta de vosotras, pero esta debe ser afirmativa.

    Pues tengo ya un importante pedido para un famoso Viandante, les dijo, mintiendo a sus esposas.

    Sari Bulbul, su joven esposa, respondió rápidamente.

    Mira mi querido esposo, si es que tienes un pedido y estas seguro que lo podrás vender, así lo haremos, dejaremos por unos días lo mas pesado de fabricar que es el queso y lo que menos vendes, pero, debes de decirle al estúpido descerebrado ese, que es tu amigo, el Tuerto, que nos consiga los pepinillos y el ajo de las huertas que están, del otro lado del río, para nosotras es muy largo ese camino y tardaríamos mucho, en ir y volver y además dile, a ese sucio majadero, que cuando venga, deje a todos esos perros sarnosos que le siguen, fuera y no que estén rondando junto a el cuando entra en los cobertizos..

    Dando la razón íntimamente a su esposa, se levanto para dirigirse a la casa del Tuerto, su amigo de muchos años, para hacerle el encargo, algunas monedas tuvo que sacar de la vasija que tenia escondida en el establo del pollino y alegremente cantando una canción, montado en el cansado burro, se dirigió hasta el otro lado del río, donde vivía su ilustre, aunque un poco atenuado mental, su amigo. Llego hasta la parte antigua del pueblo subiendo una cuesta, tratando de conversar y llegar a un acuerdo con el Tuerto. Este, estaba sentado a la sombra, en la entrada de su añosa morada, construida por sus abuelos, al verlo llegar, se levanto y lo saludo amistosamente, pues casi nadie en el pueblo salvo ocasionalmente, le dirigía la palabra.

    Afanti, después de sentarse a su lado, y preguntar por sus ancianos padres, termino haciéndole los encargos, le puso unos dirhems en la mano, envió saludos a los progenitores del Tuerto y retornó a su hogar.

    El día siguiente transcurrió sin que hubiera mayores cambios en el Zoco, los marchantes que se dirigían hacia el sur, al llegar a su puesto, apresuraban la marcha para apartarse, en fin, sin penas ni gloria, termino la jornada y nuestro amigo, se dirigió a su morada, esperando que sus esposas hubieran terminado su encargo. Condujo el pollino a su pesebre, le puso algo de pienso y entro por la parte trasera a su casa.

    El olor de los ajos y pepinillos llenaba todo el ambiente, satisfecho saludo alegremente a su esposa, la mayor, preguntándole por la mas joven, ella le dijo, que estaba triturando la hierba buena, para agregarla al yayik, detrás, en la cocina. Orgulloso, de la diligencia de sus esposas, se sentó en su almohadón preferido y al instante se quedo dormido.

    Muy temprano, casi al despuntar la mañana, se despertó y recordando todo en un instante, fue hasta el cobertizo detrás de la casa y preparo las jofainas donde pondría el yogurt, el ayran y el yayik, coloco los arneses sobre el burro, poniendo a cada lado las jofainas. Ya sus esposas con el ruido y las prisas, estaban levantadas.

    Colocaron entre todos, lo producido dentro de los limpios recipientes, esperando que llegase el Tuerto con el hielo y las nieves, para enfriarlo, la jornada seria larga y hacia falta una buena cantidad.

    Al fin apareció su amigo, colocaron entre los dos, las nieves endurecidas por el frió en las jofainas y lentamente, por estar el burro demasiado cargado, se dirigió hacia el Zoco. Viendo jadear al pollino, pensó

    No temas mi buen amigo, ahora vas cargado, pero te seguro que volverás liviano, ya lo veras… ya lo veras.

    Esta vez, en lugar de encaminarse hacia su tienda, pasó de largo y se llego hasta el mismo centro del Mercado, allí, situándose a la sombra de un sicómoro, comenzó a pregonar a viva voz su mercancía.

    Muchos lo conocían, lo saludaban y se alegraban de verlo, así, lentamente, con el transcurrir de la jornada, el olor de los ajos, los pepinillos, el fresco sabor de la bebida fría, el yogurt y el ayran, atrajo a jóvenes y mayores a servirse un vaso o comer, por un precio muy módico, lo que diligentemente les ofrecía, Afanti.

    Un vaso uno, un platillo otro, un poco mas aquel y así, lentamente, se fue terminando todo lo que había llevado, pero, al querer vender lo ultimo que le quedaba, casi al final de la jornada, viendo los compradores que debía de rascar el fondo de las vasijas para ofrecérselos, declinaban de la compra, querían que les vendiera lo que estaba mas fresco, con el hielo flotando en los vasos y no lo que quedaba, según ellos del día anterior, no sabían ni suponían, que no había acaecido nada en la jornada anterior.

    Sucedió lo mismo, los días subsiguientes, cuando los compradores advertían que restaba lo que quedaba en el fondo, ya con ausencia de hielo, en los recipientes, se negaban a comprar y seguían de largo. Esto dio que pensar a Afanti, estaba perplejo, pensativo, se dijo que la jornada siguiente debía de solucionarlo de alguna manera. Tenia que vender todo, si quería que le rindiera alguna ganancia.

    Al llegar a casa, alegre, mostró lo ganado a sus esposas y observo en los ojos de ellas, algo que desde hacia mucho tiempo no veía, el brillo especial que las mujeres sienten al haber hecho bien las cosas, esperando la recompensa de ser tratadas bien esa noche, se codeaban, mirándose de soslayo, riendo nerviosas, dirigiendo miradas cómplices entre si y a su marido. Moviendo la cabeza de un lado a otro, Afanti sonriendo, se dijo que las cosas estaban mejor, mucho mejor, que antes.

    Como las anteriores jornadas, al despuntar el alba, cargo nuevamente el burro, se hacia ayudar por el Tuerto, quien le alcanzaba bien temprano, el hielo y las nieves endurecidas. Volviendo su cabeza hacia la casa, esta vez, dejo que sus esposas siguieran durmiendo.

    Llego mas temprano que nunca al Zoco y se puso debajo del árbol, que lo bendecía con su sombra, atando a su lado, el pollino. Ofreció como siempre, a viva voz su mercancía y vendió bastante, mas que en los días anteriores y nuevamente restaba lo que había en el fondo de las vasijas, sabia por experiencia, el gusto de los compradores, no se lo comprarían y él necesitaba mucho mas que antes los pocos dirhems, que eso le reportaba y se dijo que hoy, eso no le sucedería.

    Miro hacia todos lados, tratando que se le ocurriera uno de sus hábiles pensamientos, una idea salvadora, algo que pudiera utilizar.

    Observo a su lado, y vio que su burro había defecado y quedaba una buena cantidad de estiércol debajo de sus patas, sin pensarlo dos veces, recogió con un trozo de madera, todo lo que el pollino había dejado debajo de él, tapo con su chilaba la vasija para que el movimiento pasara inadvertido por todos, y deposito una buena cantidad, en el fondo de uno de los recipientes ya vacío, y lo lleno del articulo que mas se vendió ese día, el yayik.

    Buen burro, parece que no eres tan torpe, pensó. Esta vez si que te has portado bien con tu amo.

    Todo lo que quedaba de los demás recipientes, también lo volcó dentro de ese, el que tenia el estiércol del pollino en el fondo y al fin observo con satisfacción que el yayik, con los trozos de hielo flotando, gracias al colchón que su buen y amable jumento le había proporcionado, casi rebalsaba la jofaina.

    Un grito lo sorprendió.

    ¡Hola mi buen amigo!. Exclamo al pasar, por allí, el marchante que lo había visitado la semana anterior.

    ¡Como estas y como están tus esposas! Veo que has seguido mi consejo y estas vendiendo bien, de lo cual me alegro y mucho, así me lo han dicho los amigos que se acercan a todas horas y ya son clientes tuyos. Muy buena la ocurrencia de quedarte aquí, debajo de este árbol, para pregonar y vender a la sombra, tu mercancía. Que bien se esta aquí y no allí, cerca de los excusados, mi buen amigo, es terrible lo que tuviste que aguantar día tras día y nosotros el tener que pasar por ese indecente lugar.

    Bien ¡Ahora vamos a lo nuestro! Dijo restregándose alegre las manos. Tengo hambre y mucha sed y te pido que me dejes probar de tu yayik, que por lo que veo, hay bastante y debe de estar fresco, por los trozos de hielo que noto. No solamente consumiré aquí y ahora, varias copas, sino que también llevare para el viaje de vuelta algo, para mi casa.

    Esta muy lejos y me apetecería llevar alguna escudilla para el camino.

    Afanti, sorprendido y alarmado ante el giro que tomaban los acontecimientos, temeroso y tratando que su jugada no se descubriera, tomo el cucharón y lenta y muy cuidadosamente, comenzó a servir en la escudilla, lo que flotaba en la parte superior de la jofaina, cuidando que su amigo ni nadie, advirtiesen nada. Después de servirle una buena cantidad, con ademanes rápidos, inició el movimiento para levantar sus vasijas y retirarse, se debía de ir y rápido, tratando de que su ansiedad no se notara, miraba sonriendo estúpidamente a su conocido, y hacia todos lados, ya poca era la gente que quedaba en las calles, pasaba ya la hora cuarta de la tarde, debía marcharse urgente, antes de que este buen hombre, a quien debía su suerte, se percatase de lo que había a en el fondo del recipiente.

    ¡Espera amigo mío! ¡Cómo es que te vas! Aun no he terminado. Antes de marcharte, dame más de este excelente yayik, una escudilla me sabe a poco. ¡Hace tiempo que no pruebo algo tan excelente! ¡Que bien lo han hecho tus esposas! ¡Te felicito!. Dame mas, por favor, quiero más.

    Afanti, a regañadientes y murmurando por lo bajo, moviendo la cabeza, lenta y muy cuidadosamente fue sacando otra vez de la parte superior de la vasija parte del alimento, los hados y la suerte, quisieron que nada se notara.

    Mas, al darse la vuelta para traer a su burro y montar sobre el, todo el bagaje, alarmado vio que el marchante había terminado de comer y tomaba el cucharón de madera, y hacia ademán de servirse el mismo, una ración mas.

    Afanti, levanto las manos al cielo exclamando. ¡Por favor, amigo mío! ¡Deja que me vaya a mi casa! Te suplico encarecidamente, mira, vuelve mañana que te regalare una vasija entera de tu alimento preferido, hazlo así por favor, hazlo por los Ángeles que pueblan el firmamento, por todos los Yinns y demonios de los infiernos, por las Santas Barbas del Profeta, te pido y te imploro, ya veras lo que es estar agradecido, por haber dispensado hacia mi humilde persona, tus sabios e inteligentes consejos y cambiar mi suerte.

    El marchante, lo escuchaba sorprendido, pero, seguía con la cuchara en la mano, revolviendo el yayik. Y cada vez más. Ya previendo que lo inevitable y su ruina estaban cercanos, Afanti, levantando las manos, le dijo.

    Mira mi amigo, te daré un sabio consejo, permítemelo que te lo de, por que soy mucho mayor que tú y tengo mucha mas experiencia en la vida, que el Altísimo me ha brindado, Alabado sea su Santo Nombre.

    Tú eres un hombre inteligente e ilustrado. Casi un sabio comparado con hombres como nosotros. Pero, por la experiencia que nos conceden los años, te explicaré algo.

    Cuando alguien te dice, que no revuelvas más, déjalo de hacer, no revuelvas más.

    ¿Qué buscabas queriendo llegar al fondo de la vasija?

    Cuando alguien te dice que no metas la cuchara, para de hacerlo, no la metas más. Y punto. Te he dicho que no revuelvas, pues si lo sigues haciendo, saldrá toda la suciedad de abajo, y eso es lo que debes hacer, debes paralizar tu mano, entrégame la cuchara y hazlo inmediatamente, si no quieres que termine emergiendo todo el mal olor y la suciedad del fondo de la vasija.

    Pero, sus palabras llegaron tarde, algo negruzco y verdoso apareció flotando sobre la superficie del alimento. El marchante, adivinando de lo que se trataba, por el nauseabundo olor que emanaba, arrojando la cuchara, la escudilla y asqueado, escupiendo reiteradas veces, le grito.

    ¡Afanti! ¡Que me has dado de comer! ¡Pero esto que es! ¡¿Es estiércol? ¿Es defecación lo que comí?. Pero, ¡Que repugnancia! !Como puedes haberme hecho algo así! ¡Tendí mi mano hacia ti! ¡Y así me lo pagas! ¡Esto lo sabrá toda la comarca!

    Pero, Afanti, haciendo un gesto con la mano, le dijo mirándolo a los ojos, con palabras quedas y en forma serena.

    Mira amigo, no te enfades, no te sulfures, no grites ni te alteres que será peor, estate tranquilo, déjalo pasar y atiéndeme. Nuevamente de pido, no grites y escucha, pon atención.

    ¡¿No te dije que no revolvieras más, que cuando más lo hicieras, mas suciedad saldría!? ¡¿No fue eso lo que te dije!?

    Ahora guarda silencio, corta el sonido de tu voz, cierra la boca, date la vuelta y vete, piérdete, sal de mi vista, ve y encuentra tu camino.

    Vete tranquilamente, no mires para atrás y no se lo digas nada a nadie, ¡Me comprendes!. ¡¿Me has escuchado!?

    Porque si así no lo haces, todos, pero todos, en toda Persia, sabrán que comiste estiércol, y la causa fue, el haber revuelto lo que no te correspondía, por haberte mezclado en lo que no debías, y encima por haber metido la cuchara donde tampoco debías.
    ¡Y ahora! ¡Vete de mi vista! ! Piérdete!… !Que Sheitan te arrastre al fondo de los infiernos!

    Y así, el marchante calladamente, sin siquiera atinar a mirar para atrás, y para que nadie supiera lo que había comido, siguió en silencio su camino y Afanti, con su fiel pollino, canturreando una vieja melodía, logro llegar a su casa.

    Siempre es mejor dejar que los problemas se decanten solos. El tiempo, la tolerancia, las palabras sabias y los sabios consejos fraternos, curan las heridas. Únicamente, lo peor, aflora a la superficie, cuando alguien remueve todo, mucho y más allá de lo debido, tratando de llegar al fondo de la vasija.

    Responder

  2. Miguel
    Mar 17, 2014 @ 13:37:14

    Otra historia de Afanti, esta mucho mas corta…

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    En cierta ocasión, Afanti fue invitado por un amigo a cenar al palacio más elegante del lugar. Cuando el hombre, montado en su inseparable burro, llegó a las puertas del palacio vestido con sus ropas de siempre, que eran pobres y viejas, por más que protestó y dijo que había sido invitado, los guardias no le dejaron entrar tomándole por un mendigo.

    Muy enfadado, pero con el deseo de poder comer bien, pidió prestado al sastre del pueblo una camisa y unos pantalones nuevos. Después se lavó, se peinó y perfumó y se vistió con la ropa nueva. Esta vez, los guardias le hicieron grandes reverencias al llegar, y el dueño del palacio lo instaló en uno de los lugares de honor.

    Cuando empezó a llegar la comida, Afanti se dispuso a mojar las mangas de su camisa en cada plato antes de comer, mientras decía:

    – Come bonita, come, que está muy rico, anda come…

    Todo el mundo allí presente se le quedó mirando. El dueño del palacio se quedó muy extrañado y le preguntó:

    – Pero Afanti, ¿por qué metes las mangas de la camisa en tu plato?

    Y el sabio contestó:

    – Puesto que las atenciones que recibo y la comida que se me dan tiene que ver con mi ropa y no con mi persona, creo que es justo que mi ropa pueda también recibir su parte y probar la comida, ¿no es así?

    Desde entonces, y después de esta pública lección, el dueño del palacio sintió tanta vergüenza que nunca más se le ha vuelto a negar la entrada a un invitado por el simple hecho de llevar ropas pobres.

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